Parece claro que la sexualidad es un terreno de las relaciones humanas donde no siempre nos tratamos bien. Parece que las chicas vinculamos más sexualidad y afectividad, aunque ahora también nos gustan más los rollitos. Parece que los chicos no necesitamos tanto la afectividad y suspiramos por el polvo coital como sea y con quien sea. Esto no dejan de ser prejuicios machistas que ya se encargan el cine, las televisiones y las redes, de mantener activos. La realidad recogida en estudios estadísticos es que el noventa por ciento de las y los jóvenes prefieren montar parejas afectivas con sexo y aspiraciones de estabilidad. Es decir, que la afectividad interesa a todos y todas, aunque la forma de expresarlo siga estando mediatizada por los roles de género. Sigue siendo importante de cara al “qué dirán” que las chicas sean más modosas (para que nos las acusen de “guarras”) y que los chicos presuman de dureza emocional (no sea que les digan que son unos “blandos”). Lo que es evidente ya, es que la sexualidad es una parte importante en las relaciones de pareja, y no sólo de las parejas. En demasiadas ocasiones no se vive en igualdad, ni con el respeto o libertad deseables. Tenemos dificultades para decidir cómo y cuándo, para expresar las necesidades y deseos, para decir no a algo que no queremos hacer… Hoy todavía es un terreno de discriminación para muchas chicas (cuando no de abusos, violación, obligación de virginidad, insatisfacción, consideración de guarrilla o si no de estrecha…).

La sexualidad no sólo tiene que ver con el cuerpo. También con las palabras con las que definimos las diferentes prácticas sexuales. Con las imágenes que nos hacemos y que la sociedad va recreando sobre la sexualidad, con las fantasías más íntimas, con los distintos roles que se nos asignan a chicas y chicos, con el placer ligado siempre al coito, con el olvido u ocultamiento de la homosexualidad, del lesbianismo, de las personas transexuales.

¿Qué dice el “manual” de la sexualidad al uso? Que es una práctica vinculada al amor y a la pareja, fundamentalmente genital, coital y heterosexual, donde cada cual tiene su papel y los objetivos a conseguir son: penetración y orgasmo. Y esto no es casual, viene de una larga tradición cultural judeocristiana que considera que la sexualidad y el placer son pecado si no obedecen a un objetivo: la procreación.

Nuestra sociedad aprende y vive la sexualidad cargada de ignorancia, prejuicios, mitos y culpa. Políticos, empresarios, profesionales de la salud y de la educación, así como cualquiera de nosotros es socializado con algún contenido negativo. Tanto así, que las respuestas educativas (públicas y privadas) frente a la sexualidad adolescente, corren el riesgo de estar determinadas por una visión conflictiva de la sexualidad.

Pero ese es el discurso oficial social y otra cosa muy distinta es la realidad que se impone. ¿Y cuál es esa realidad? Pues una sociedad más abierta y libre donde cada persona quiere construir su propia sexualidad según sus experiencias y deseos, lo que da lugar a una realidad más plural y diversa, con conductas y orientaciones sexuales distintas y todas ellas buenas salvo las que estén ligadas a algún tipo de violencia. Debemos romper con la característica de “anormalidad” que se asocia a ciertas expresiones de la sexualidad, sobre todo, en la etapa adolescente, descubriendo sus aspectos positivos que la vinculan al desarrollo personal y a la calidad de vida de las personas. Ahora, la diversidad es la norma y el respeto es la condición.

La sexualidad debe ser integrada como un aspecto más de nuestro ser, y debemos informarnos y educarnos para su mejor desarrollo, manejo y ejercicio. Lejos del prejuicio que expresan chicos y chicas de que la sexualidad es algo natural que no tiene que aprenderse ni educarse, es todo lo contrario. De la misma forma que podemos tener una capacidad natural para la música, pero necesitamos aprender y ejercitar para poder practicarla con calidad y placer, la sexualidad también es una capacidad con la que venimos al mundo, pero necesitamos educarla y ejercitarla adecuadamente para que sirva a nuestros deseos de placer y comunicación afectiva compartidas. Crear y participar en un contexto de salud sexual que nos permita ejercer nuestra sexualidad desde el auto-cuidado, el respeto y la responsabilidad.

 

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