Durante miles de años, las relaciones de pareja entre los humanos no han existido. En las culturas matriarcales, las relaciones sexuales eran esporádicas, promiscuas y festivas. No daban lugar a formar parejas estables ni familias como las que conocemos ahora, con roles de esposo-esposa y de padre-madre-hijos. Los embarazos que se producían involuntariamente, eran asumidos por el grupo matriarcal y la infancia era criada y educada por el grupo. Cuando surge el patriarcado, el deseo de los hombres de controlar la reproducción femenina y ejercer su poder sobre su prole, les lleva a crear instituciones matrimoniales que eran concertadas por los padres con finalidades de establecer alianzas con otras familias, clanes, tribus, reinos, para aumentar sus riquezas, defenderse mutuamente de los enemigos y garantizar la permanencia de su estirpe. Los/as jóvenes que eran obligados a formar parejas matrimoniales lo hacían por aceptación a las reglas sociales y acatamiento a la voluntad paterna. La atracción sexual y la vinculación afectiva entre ellos y ellas, podrían surgir espontáneamente pero no necesariamente. Los hombres solían vivir su sexualidad y su pasión fuera del matrimonio, en relaciones adúlteras de mayor o menor entidad, mientras que a las mujeres se les prohibía esta posibilidad de adulterio, que era severamente castigado.

El amor romántico surge del empeño de muchas mujeres por liberarse de los rígidos corsés familiares y conquistar el derecho de ser ellas las que eligieran con quien establecer relaciones de pareja sexual y afectiva. Son ellas las que reforman las normas matrimoniales priorizando su derecho a elegir, y llenando de contenido afectivo y sexual una institución que deja de estar al servicio de las familias y de los padres. Algunos analistas recientes inciden en que las características más señaladas de este tipo de amor se confirman y difunden a través de relatos literarios, películas, canciones o por medio de la socialización. Es muy sintomático que el amor romántico surge en la misma época que se inventa la imprenta y su nombre deviene del francés “romance” que quiere decir “novela”. Las primeras grandes ediciones se hacen de textos románticos que leen con fruición miles de lectoras, siendo Corín Tellado la segunda autora española más leída, después del Quijote. Se trata de un tipo de afecto que, se presume, ha de ser para toda la vida (te querré siempre), exclusivo (no podré amar a nadie más que a ti), incondicional (te querré por encima de todo) e implica un elevado grado de renuncia (te quiero más que a mi vida).

Pilar Sampedro caracteriza el amor romántico de la siguiente manera:

Algunos elementos son prototípicos: inicio súbito (amor a primera vista), sacrificio por el otro, pruebas de amor, fusión con el otro, olvido de la propia vida, expectativas mágicas, como la de encontrar un ser absolutamente complementario (la media naranja), vivir en una simbiosis que se establece cuando los individuos se comportan como si de verdad tuviesen necesidad uno del otro para respirar y moverse, formando así, entre ambos, un todo indisoluble.

La cultura occidental ha enfatizado históricamente el amor romántico mucho más que otras en las cuales los matrimonios arreglados por las familias siguen siendo lo normal. Sin embargo, la globalización ha extendido las ideas occidentales sobre el amor y el romance.

Según ciertos analistas modernos este modelo de amor idealizado crearía falsas expectativas y conduciría irremisiblemente a la frustración y el fracaso afectivo, al confundir apego (que es un estado afectivo perdurable) con enamoramiento (que es un proceso previo al apego, y de menor duración). Según esta perspectiva de análisis psicosocial, el amor romántico se basaría en la anulación a través de la renuncia de uno mismo, y sería la base, en cierta medida, de la violencia de género. Así, y según estas teorías, aunque originalmente el amor romántico habría supuesto un estímulo para la emancipación femenina de las cadenas familiares, al mantenerlo dentro de los valores del patriarcado, con la relación desigual entre el hombre y la mujer, se convierte en otra cadena que esclaviza a la mujer al sentimiento de posesión del hombre y le impide ser libre para ejercer sus derechos como persona. Las condiciones del amor romántico, con sus ideas de exclusividad, renuncia y posesión, son el caldo de cultivo que actualmente producen los malos tratos y los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas.

Según el sociólogo británico Anthony Giddens (La transformación de la intimidad), estas críticas al amor romántico han significado una transformación de las relaciones de pareja, tanto en sus comportamientos sexuales (se asume una mayor plasticidad y diversidad de la sexualidad), como de la necesidad de establecer las relaciones desde la autoestima y desde la confianza mutua que genera un clima de intimidad propio, así como la concepción de la relación como el resultado progresivo y dinámico de una negociación permanente entre dos personas con intereses propios que van consiguiendo hacerlos comunes por la voluntad afectiva de negociarlos. En la sociedad occidental, a partir de mediados del siglo XX, las parejas, al abandonar los ideales del amor romántico, están configurando un nuevo modelo de amor que él llama amor confluente.

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